Escribo

Escribo porque es el único modo de deshacerme de mis males.

Escribo porque es un modo de contener las lágrimas.

Escribo porque me falto yo y me sobro el de los otros.

Escribo por irritación.

Escribo por desespero.

Escribo para que la vida se salve y yo me salve con ella.

Escribo por registro.

Escribo por las razones que no me atrevo a hablar.

Escribo porque soy un mundo desconectado.

Escribo porque me duele.

Escribo porque lo lamento.

Escribo porque me ahogo.

Escribo porque lo necesito.

Escribo por todo.

Escribo porque intento salvarme.

Escribo por repetición.

Escribo por acción.

Escribo por excitación.

Escribo por mí.

Escribo para no tener que evidenciar de frente.

Escribo para evidenciar qué soy.

Escribo por descubrir.

Escribo por releerme.

Escribo porque no quiero.

Escribo porque quiero.

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El niño del rodadero

Al niño del rodadero no le gustaba patear un balón.

Al niño del rodadero le gustaba sentarse en el parque y jugar en los juegos de ese mismo parque, subir las escaleras, pasar el pasamanos, tirarse por el rodadero, andar en la rueda y colgar en las barras. No le gustaba ir a la tierra y no porque fuera tierra, era solo que no le encontraba gusto a ir detrás de un balón.

Tampoco le gustaba patear la pelota, ¿era acaso una obligación?

Eran los finales de los 90s y el corto inicio de los 2000, siempre caminaba junto a su salón a un parque vecino, odiaba los latidos de su corazón que se hacían más intensos con la cercanía de dicho parque. Lo que le gustaba era la primera parte, porque nunca fue malo, al contrario, aunque temeroso, le iba bien saltando y corriendo, le gustaba el test de Cooper y siempre fue bueno en eso. Sin embargo, la segunda parte, la que no era calificada, era la que más le afectaba, era esa que era peor de impuesta y regida por la convención de que todos los niños debían jugar.

No entendía por qué todos los niños debían hacerlo, él por su parte iba al parque del frente con sus compañeras, algunas pocas veces con otros niños que no querían jugar y es que era eso, jugar tenía dos sentidos: uno era jugar, el de verdad, el de reunirse y formar grupos, dividir y patear; el otro, era el de jugar, el de la poca realidad, el de estar tranquilos, el de hablar, el de correr, el de cantar, el que los que según ellos, sí eran niños, veían como debilidad.

El niño siempre perteneció al segundo y era criticado por eso. Era parte de otra cosa, de otro mundo, donde se debía ajustar al mundo de las niñas con a y no al mundo de la niñez con e, donde todos cabían, sin importar si eran de la a o de la o. Pero tampoco se debía del todo ajustar a la a, era una cosa que no se definía, y no por él, por los demás, trataban de meterlo en ese punto donde se dudaba qué era, si un niño, o una niña, o un niño-niña, solo por no ser brusco, por no ser grosero, ¿por verse frágil?

No sé, creo que él tampoco. Al niño le gustaba pasar tiempo tranquilo, ir al parque, subir a ese rodadero morado, porque siempre lo imaginó morado.

Cuando el tiempo pasaba y los niños de la pelota pasaban el parque para reunirse con el resto del grupo, lo criticaban, le cuestionaban por qué no había ido, lo increpaban, y él, decía que no le gustaba, pero eso, parecia que nunca era un motivo válido.

Los niños, entonces, podían ser lindos, tiernos, todos los niños en general, pero también podían ser maliciosos y burlones, podíamos también.

Cuando el grupo volvía al colegio y quedaba una cuadra para ello, cantaban en unísono “ganamos, ganamos”, pero habían ganado ellos, esos otros, no todos. Cuando había un torneo con otro curso, pasaba igual, pero seguían siendo ellos, no todos, no esos otros, a pesar de que el niño siempre ayudaba con cómo se veia el grupo, con el estandarte que llevarían, con sentirse incluído aunque siempre quisieran excluirlo.

En fin, eran esos machitos que siempre eran fuertes y no por apariencia, sino porque lo decían. Empezaban a encajar al niño donde ellos creían que correspondía, aun cuando el niño ni siquiera se cuestionaba sobre eso.

Pasaron muchos años, otras personas, otras mismas personas también y a los machitos del salón les gustaba patear su pelota en la tierra, o en donde fuera que pudieran, o hasta donde no pudieran.

A los machitos del salón les gustaba agarrarse las bolas en sus sudaderas. A los machitos del salón les gustaba subirse uno encima de otro y frotarse. A ellos les gustaba todo eso que les parecía risible y burlón. Cuestionaban que el niño no pateara, no jugara, no se metiera en esos actos de machitos y se quedara en otra cosa y es qué se le puede hacer si al niño ni eso, ni el fútbol nunca le gustó.

Tiempo atrás el niño recibió en su casa un balón y lo tocó una vez cuando lo abrió, otra cuando lo encontró y una más después de que lo halló debajo de la escalera, pero es que no era solo un balón, era un balón de fútbol y eso ya hacía que el niño lo rechazara. Podía haber sido un buen regalo, sí, pero para él no, por qué un balón cuando todos sabían que no le gustaba el fútbol.

Lo cuestionaban.

Años después pasaba lo mismo, pero ya era más tranquilo, había encontrado otros niños como él a los que no les gustaba, y si les gustaba no era siempre, y ya, no pasaba nada, no se cuestionaba si los niños encajaban o si había que encajarlos. Aunque eso le costó, no era tan fácil ganarse ese derecho a que ya no lo cuestionaran y es que también era eso, ganarse un derecho, imaginar eso, ganarse, un, derecho.

Es que ni siquiera un derecho, una opción, de decir no y no ser refutado por eso, pero bueno. Con el tiempo al niño el fútbol le fue dando igual, tal vez el único momento bueno fue cuando recibió una revista del tema y empezó a fijarse en otras cosas, en la imagen, en los colores, en los diseños, en la copa, en cómo era todo, también en la historia, aunque eso fuera años, varios años atrás.

Al niño que ya creció siempre le impactó esa manera en que el rechazo llegaba, no importaba cómo era el resto de su vida, era como si todos los niños nacieran con una etiqueta que decía fútbol, pero al final de todo no le importó.

Y era eso, algo sin importancia, que aún lo sigue siendo, no le importa y no le importó.

El niño del rodadero sigo siendo yo.

El amor a la letra

Últimamente me ha costado escribir, tal vez he perdido la costumbre. Tal vez dejé de darle sentido a lo que hablo y lo puse solo en mi boca y no en mis manos.

Estuve oculto en las sombras de la incertidumbre, pero a la vez del deseo, y ni siquiera tanto del deseo, más bien del voyeurismo y del silencio. Pasa que a veces uno se siente preso en la ansiedad y lo único que necesita es adrenalina.

Retomé el escribir algunas palabras y darle sentido a las letras cuando dejé de evitar leer, cuando quise retomarme y volver a ser el lector de libros y a ocupar el espacio de un bus para ello, ocasionalmente una silla de parque. No me sentía agobiado por no escribir, pero sí frustrado porque no le había dado tiempo a la lectura y eso a la vez le restaba el tiempo a darme un relato de mi mismo.

Siento que a veces es necesario releerse, reinterpretarse y desbaratar la comodidad musical para abrirle paso a las historias.

Este año he leído varias historias, varios libros y por alguna razón que no esperaba, ni que tampoco había previsto todos relatan la pobreza. Tal vez este año me fue entregada, sin que lo esperara.

La pobreza llegó en forma de libros; la riqueza, en forma de palabras.

Pero esa pobreza, no se convierte en un impedimento para crecer o para surgir, sin que ese surgir sea exitoso, o sin que ese surgir sea una elevación de categoria, no, llegó en ese modo en que el personaje de la historia es pobre por su condición, pero es rico por lo que le pasa y simplemente porque tiene vida. Estoy considerando que surgir y rico no son las palabras adecuadas para la descripción.

Carnicero, recogedor de basura, reciclador, bombero, incinerador y mariposón. Varios hombres que me han servido para descubrir la pobreza contada en la rutina de los actos propios, de la miserableza del humano, de la tortura, del esfuerzo, de sentirse acogido o simplemente de ser un miserable de calle.

Quisiera aprender a releer las personas como he aprendido a releer personajes, pero en el encanto de meterme en sus historias termino metiéndome en mi mismo y en el suspenso y el temor o la excitación de sentirme protagonista.

El amor a la letra no es más que el amor propio. Mi egocentrismo siendo alabado, porque cada vez que leo me siento mejor, me siento más interesante, me siento mejor.

La necesidad de releerse, la necesidad de reinterpretarse.

La obsesión de la permanencia

Dulce sensación.
La música que pongo aliviará tu mente.

Pongámosle otra cosa más, fe.

Estridentes ritmos que colapsan en el cuerpo.
Emociones que se rodean de inconstantes reflejos de falta de control.
Sonrisas que se desvanecen en la obstrucción de la rutina.
Dulces sensaciones de alegría momentanea.
Vida que está permanente, pero que no permanece.
A veces quiero salir de mi mente.
Trato de cuidar mis pensamientos.
Alivio mi sentir con un placebo.
Un placebo incierto.
Lo que escucho es algo que me relaja.
Debo ser el hombre más afortunado, el hombre más feliz.
El hombre del corazón fuerte.
El hombre que quiere vivir cada dia y sentir esa dulce sensación que da vivir.
Despejar la mente, sentir, creer.

Es eso la vida, una fe ciega, una pérdida cruel.
No un sabor amargo.
Un sabor agridulce.